¿Epifanías? No, gracias.

por Diego

Uno de mis mejores amigos me dijo una vez que una película es buena cuando se te queda pegada una escena en la cabeza; cuando Darth Vader le dice a Luke que es su padre y el otro se cae en el abismo, esa es una de ellas. Cuando se prenden las luces del puente en “The Reminds of the Day” otra. Y cuando Rob Gordon habla sobre las cosas que extraña acerca de Laura en “High Fidelity” es otra más. “Epifanías” me dice mi amigo y después se empina su sexta cerveza que le tiene sus calorías en 500.

Yo creo que, aparte de que las películas no tienen nada que ver con la vida real, las epifanías no sirven de nada. Ejemplo: me había portado mal con una amiga. No sabía como disculparme, no quería mandar un mail rastrero o hacer una llamada llorona, así que junté el escaso valor que tengo y, sin avisarle, fuí a verla. Ella no vive cerca de mi casa, precisamente. Vive bastante a tras mano a decir verdad, pero fui igual. Además nunca he sido una persona de decisiones impetuosas, así que lo que hacía (en rigor, no saber lo que hacía) era un episodio único en mi vida; me iba repitiendo eso en la cabeza mientras esperaba la micro, cuando la tomé, cuando iba en camino, cuando bajé en el paradero y cuando me dirigía a su casa. Y ella no estaba. Había salido. Nada más. Después le escribí el mail rastrero, ella me lo respondió con un mensaje de texto y todo bien.

Ya lo dije. Las epifanías no sirven de nada. Los momentos de lucidez tampoco sirven. Cuando pensé en retomar la carrera en la universidad o escribir una novela que me hiciera famoso o decidí salir cada sábado en la noche, o no me fue bien o no llegué a nada.

Los momentos adecuados, los resplandores de luz que aclaran las cosas, todo eso es literatura. Los momentos de lucidez son como cuando uno tienen un sueño y después se recrimina de no haberlo anotado. Una vez decidí anotar lo que soñaba y resulta que eran historias de lo más comunes. O anotaba versos que me sonaban geniales y después despertaba, leía el papel y eran lastimosos.

Las grandes soluciones, las ideas para el bronce o el modo correcto que uno cree que debe comportarse con una mujer nunca resultan. Todo finalmente sigue un curso ridículo. A veces creo que la vida interior no vale de nada tampoco, y que somos como la gente nos mira no más. Y las acciones se guían por esa imagen y no por nuestra interioridad. Como si al final fuéramos simplemente la ropa que usamos.