Días Clonados.

por Diego

Suena el reloj, y en ese limbo entre que sigo durmiendo y me despierto, estiro la mano, tanteo y logro acertar un golpe seco en el off. Me levanto. Camino hacia el closet. Saco un terno, una camisa y una corbata que combinen. Bajo la escala y camino hacia el baño como zombie. Saco la toalla, prendo el agua, me ducho, me seco, me visto y me dirijo a la cocina. Tomo el diario y lo leo siemrpe en el mismo orden. Economía & Negocios, A, cuerpo C, deportes y suplementos. Saco un yoghurt, pongo el tostador, sale olor a quemado, unto la mantequilla y tomo un vaso de jugo. Vuelvo a subir, me lavo los dientes y me pongo la chaqueta. Guardo el celular, unos billetes, algunas monedas, las llaves y el iPod. Camino hacia la puerta, tomo el libro de turno, chequeo los papeles y salgo. Tomo el taxi que se estaciona en la esquina de mi casa en dirección al metro. Son setecientos pesos. Pago con los mil que tengo en el bolsillo y ocupo el vuelto para comprar el boleto, sobrando siempre una moneda de a diez. Camino hacia el primer carro, que normalmente lleva asientos disponibles, y me pongo a leer para no tener que mirar a la cara a los demás. Me bajo y quedo justo en la escalera para salir a la superficie. Camino hacia la universidad, mientras me voy encontrando con algunos compañeros. Subo a la sala de clases, chequeo el cuaderno y espero al profesor para comenzar la primera clase del día. Entro a una clase y salgo de otra. Un profesor viene atrasado y avisan que otro simplemente no puede venir. En cualquier espacio de tiempo, voy al casino y pido lo de siempre: un café de vainilla con mucha azúcar y un paquete de galletas. Llega la tarde, camino hacia la sala y dicto mi ayudantía a los alumnos de primer año. Hay algunos atentos, otros aburridos, algunos que hacen preguntas y los clásicos que conversan. Así hasta que se acaba la clase. Llega la noche. Voy a la oficina de profesores, dejo la carpeta y bajo. Me despido de unos compañeros, del guardia y salgo. Bajo al metro nuevamente. Vuelvo a caminar hacia el carro del conductor. Recorro medio Santiago bajo tierra. Espero que pase la micro, fatigado y muerto de hambre. La máquina va llena y avanza lento. Quedan dos cuadras y comienzo a abrirme paso a punta de codazos por el atestado pasillo. Toco el timbre y bajo. Camino la cuadra arrastrando los pies. Saco la llave y abro el portón. Entro en la casa y escucho una música que no reconozco, pero que me asegura que ella llegó antes que yo. La observo a lo lejos y sonríe. Guardo la imagen y sonrío también. Nos miramos directo a los ojos. Nos damos un beso y un abrazo en silencio. La música se vuelve difusa, los colores se diluyen y el tiempo se detiene. Se detiene justo en ese momento, ese preciso instante, en que todos los días clonados adquieren sentido.