Muerte.

por Diego

La tarde llegaba a su fin y las primeras luces comenzaban a iluminar la calle. Una suave lluvia estaba cayendo sobre la ciudad, lo que daba un ambiente perfecto al momento que sucedería dentro de poco. Yo lo esperaba bajo la tenue luz de un farol en una plaza cualquiera. No se veía mucha gente afuera, quizás por el frío, quizás por que se habían dado cuenta de mi presencia, aunque sea invisible para todos.

Los minutos pasaban rápidamente, pero el tiempo nunca ha sido una de mis preocupaciones. Me encontraba frío, oscuro, escalofriante, como ha sido desde el principio de todo, de mi “vida”. Vida, un concepto que me resulta ajeno, distante. Es decir, he visto miles de personas vivir y disfrutar la vida. He visto a otros que han desperdiciado ese regalo único que Dios les ha dado, buscando el fin de todo, cuando éste es sólo el principio. Eso sería fácil; para ellos y para mi. Pero el suicidio le quitaría la gracia, la fineza a mi trabajo. Nací con la aparición del hombre sobre la tierra y los he acompañado toda su existencia, como una sombra. He vivido guerras y reencuentros. He visto cosas con las que los hombres apenas pueden llegar a soñar un segundo.

He pasado siglos atrapado en las más grandes atrocidades, pero también he estado en momentos de alegrías incontenibles, representadas en las sonrisas de millones. Todo eso a pasado sobre mi y a través de mi, y aún así, he sentido la vida como algo lejano.

Levanto mi cabeza y veo su silueta a lo lejos. Se ve nervioso, pero sin miedo.

– Eres…- me pregunta sin querer completar la frase, pues, en el fondo, sabe la respuesta.
– Si, soy yo. – le respondo con calma. -¿Por qué preguntas si sabes la respuesta? – le respondo con una sonrisa.
– Es que… esperaba que fueras diferente.- me dice respondiendo con su sonrisa.
– Ustedes y su extraña concepción de las cosas. Respóndeme tu ahora ¿Alguien a vuelto de lo que ustedes llaman “el último viaje” para decirles exactamente como es todo esto, eso que ha cultivado sus mentes desde el principio del tiempo?
Él titubea un momento.
– No, no conozco a nadie…
– Conocí, esa creo que es la palabra correcta. Bueno, es hora de irse. El viaje es largo y sólo hay descanso al final del camino.

Ya no había nada que hacer, tampoco preguntas que responder. Él jamás volverá, pero lo tiene muy claro. En cambio, yo tendré que regresar. Una y mil veces. Siempre tengo que regresar, pues ese es mi castigo. Ver a los seres humanos llenos de vida es mi castigo. Por que soy la muerte y es mi deber quitarle al hombre lo que he siempre he querido.

Y ese es mi castigo.