Soledad.

por Diego

Después de un día agotador, llegué a casa escapando del frío penetrante que circulaba por la ciudad. No podía sentir mis pies y mis manos apenas podían adquirir la forma de la manilla de la puerta de entrada. Al entrar, toqué una y otra vez la pared hasta encontrar el interruptor que enciende el living. De pronto, la oscuridad reinante se tornó en un blanco fulminante que me encegueció por completo. Me deshice del peso que acarreaba mi espalda y me entregué por completo al sillón que se encuentra junto a la ventana. Suspiré, y lentamente me hice presa del silencio que reinaba en la habitación.

El sonar ruidoso e imponente del teléfono le robó el cetro al silencio y me tomó por sorpresa. En un acto casi inconsciente, lo contesto. No recuerdo exactamente como empezó la conversación; lo único que recuerdo es que tuvo el mismo final que ayer. Golpeé el auricular, como si él tuviese la culpa de todo lo que está pasando, y le entregué nuevamente el trono al silencio. ¿Para qué hacer sufrir de nuevo a mi alma? ¿Para qué torturarla con palabras que al final entierran más y más profundo la esperanza de un nuevo día? No, esta vez no dejaré que ese maldito rey me condene a sufrir un castigo tan severo que no merezco.

Intenté encontrar vestigios de vida por toda la casa; en los muebles, en el piso, en las paredes. Pero nada. Yo sabía que no los iba a encontrar. Era como la esperanza que tenía mi corazón de que algún día encontraría un refugio, un hermano en el cual podría confiar y crecer juntos hasta el día en que dejasen de latir.

Resignado a que esto no ocurriría, me dirigí a mi habitación. Encendí la luz de la lámpara del velador, que da una tenue luz amarillenta. Luego, mi vista se concentró en una imagen de una persona muy parecida a mí, acompañada de unas cuantas personas más. ¿Porqué la tendré yo, si no me siento parte de esa fotografía? No importa, se ve muy bien como adorno.

Casi automáticamente cambié de tenida y apoyé mi desconcertada cabeza sobre la almohada. A medida que mis ojos se fueron cerrando, fui sintiendo que se formaba un nudo en mi garganta que iba creciendo cada vez más. Pero ya estoy acostumbrado; es el mismo que se forma todas las noches, mientras me refugio en un mundo ideal. Un mundo en donde mi corazón es parte de una gran familia, el silencio es un simple esclavo y mi alma una doncella que descansa en paz, sin saber que muy prontamente va a ser arrebatada por una criatura que nos despoja de la felicidad, nos corta las alas y nos vuelve tan monstruosos como ella: la realidad.