Relato de Calle.

por Diego

Y ahí están, en la calle. Como todos los días. Está Jorge, de Puerto Montt, junto con El Comadreja. Vivían de okupas en una casa en la calle República, hasta que unos hijos de putas los golpearon tanto que casi terminan muertos. Desde ese día que El Comadreja no escucha bien.

La pequeña Susana le arrancó la oreja a un carabinero de un mordisco, justo antes de que éste intentara violarla. El maricón se lo merecía.

Andrés duda que pueda comerse unos tomates podridos que encontró en un basurero sin vomitar y Marco escupe la sangre que le ha costado abrir una lata de atún que le dieron en la tienda de la esquina.

Hay miles igual a ellos. Vidas frágiles de frío y náuseas. Duermen sobre hierro y piedra. No recuerdan algo suave desde hace mucho. Caen como lluvia del cielo, todos los días. Son como paredes de ladrillos, todo el mundo sabe que están ahí, pero nadie se detiene a observarlos.

Los que miran hacia abajo, donde yacen, les ofrecen un centenar de letanías, nerviosas o despiadadas. “No es mi responsabilidad”, “los servicios sociales deberían ocuparse de ellos, para eso están”, “aunque le diera una moneda, eso no arreglaría nada…”

Enfrentarse a la verdad es difícil, ¿No? Así son las cosas, ¿Eh? Recursos limitados. No hay suficiente para todos. La vida es dura. Todas sus vidas. Miles de ellas.

Éste lleva en la calle desde el verano. No dice mucho porque prefiere no hacerlo. Sus ojos son muy fríos. Y siempre anda borracho. No ha tocado fondo aún, pero pronto lo hará. Ya es agosto y beberá lo que sea para mantenerse alejado del frío. ¿Su nombre? Prefiero no acordarme de mi nombre.

Prefiero regresar a la calle, a las paredes de ladrillos y meadas del cielo. Regresar a la mierda, para no tener que pensar que pude volar. Hay miles como yo, miles de vidas duras que no pudieron hacerse con un trozo de pastel… mierda, al terminar el día las palabras no bastan. Nunca bastan, créanme.

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